Los fantasmas de san Ginés

Vengo de sobrevolar un sueño por la parte baja de los sueños imposibles. Medianoche y cuarenta y nueve minutos marca el reloj que intuyo próximo un día cualquiera a mediados de julio de mil novecientos setenta y uno, cuya velada calurosa desvía las pocas ganas de dormir que tengo, hacia el balcón de la casa en mi antiguo barrio, donde prendo y combino, tabaco de picadura e insomnio, con recuerdos que abrigan hoy la distancia y guían al narrador por estas líneas inspiradas en un fondo de armario muy querido para mí. Esas calles de entonces con alumbrado de posguerra y colonizadas en silencio por miedo a hacer ruido, abrían una ventana de oxígeno en verano cuando a pie de acera, vecinos de mi portal y colindantes, se sentaban en la puerta a tomar el fresco y del botijo tragos, conjugando la primera personal del plural del verbo compartir.

Evoco como si fuera ahora olores peculiares de aquella época. Recupero, por ejemplo, aquel a matanza de pueblo recién curada, ese otro a babi de colegio con travesura de recreo, alguno quizá a grasa de motor Pegaso, aunque por encima destaco, el tufo a aceite frito que despedía la ropa tendida en las cuerdas del piso cuarto. Desde mi escondite de observador veía avanzar calle abajo, al churrero de san Ginés, hombre taciturno, melancólico, cansado, a quien el aguardiente en noches de luna tapada con tos de sartén, ensamblaron los suelos de su vida en el compartimento del fracaso. Aquellos sábados de sesión continua en el cine Pavón, irrepetibles, eran todos prácticamente iguales. Uno de ellos, dispuesto a innovar, aunque sin embargo indeciso, salí hacia la periferia del barrio, en dirección a paisajes donde oí contar a los mayores que había chicas de alterne y cigarrillos de importación, clandestinos, americanos.

Remé con viento libremente alrededor de la Plaza Mayor, al tiempo que entre vino y mesones, perdí en sus adoquines una parte de inocencia. Poseído por aquel aroma tan particular, caminé pisándole los talones al hambre para detenerme en el Pasaje de san Ginés, donde a decir verdad, me sorprendí pidiendo “una de churros con chocolate, por favor”. Allí estaba mi vecino tirando masa sobre aceite hirviendo, trabajo de alto riesgo que realizaba en serie y sin protección. Parecía una sombra de sí mismo, un alma en pena, un frustrado de la vida a quien las cosas le habían salido bastante mal. Supongo que no reparó en mi presencia, es más, diría que no me conocía ni de vista.

El diecinueve de abril de mil novecientos ochenta, vendió el piso y desapareció de allí con su familia sin despedirse apenas de nadie. Más tarde supe por Lola la frutera que veinticuatro meses después, falleció en la frialdad de otro distrito, llevándose consigo a la tumba, el secreto o motivo de tanta aflicción, aunque en calidad de literato, digamos que puedo imaginarlo.

Hace pocos días volví de un largísimo viaje que me ha tenido varios años fuera del país, al otro lado del continente. Ha cambiado tanto la ciudad de Madrid que me cuesta reconocer algunos rincones de mi juventud muy transitados, pero fue a la caída de la tarde con nubes rotas, cuando sentí un pellizco de añoranza en el corazón y tomé la línea de metro que lleva a Sol. Ya en la churrería, a penas sin entrar, comprobé que los de antes solamente éramos, fantasmas guardador en la memoria de quienes aún subsistimos. Mientras tanto, gestionada por patronos sin solera, san Ginés pierde lo emblemático y castizo, que tanto popularizó aquellas cuatro paredes con mesas de mármol y sillas de madera. Giré a la izquierda desandando un manojo de pasos y apretado a la bolsa de largo recorrido donde se guardan las experiencias, desaparecí llorando por toda la calle Bailén abajo.

Una respuesta a Los fantasmas de san Ginés

  1. Esperanza dijo:

    Ahora va mas fluido el relato, como el mar de la foto. Melancólico como ese mar.
    Un beso

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